Sábado, a 10 minutos de llegar a otra milonga, zas! Rueda delantera de la bici (otra) pinchada.
Me bajo, y con tranquilidad, emprendo el camino de vuelta a casa. Caminar por Barcelona a las 12 de la noche acompañada por la luna es una regalo donde el frío es el envoltorio.
Pensé mirando al cielo: ¿me querés decir algo?
Y volví contenta, ya que esos dos pinchazos avalaron mi decisión de alejarme del tango.
Sentí alegría y alivio con ese segundo pinchazo, comprendí que no me alejaba del tango por el tango. Comprendí la facilidad y rapidez con la que uno se miente.
Y sonreía.
Está clarísimo: cuando se pincha una cosa, se infla otra.

Forzar, no. Fluir.
Recién bajé un momento a respirar la luna.
Es más sabia que yo, y sé que me está guiando.
Sé que lo mejor para mi está ocurriendo. Doy las gracias.
Subo a casa y deposito en el buda de los buenos deseos: "Me rodeo de gente feliz, porque yo estoy feliz"